Pequeños grandes maestros.

La vida tiende a darte las lecciones más grandes a través de los maestros más pequeños.

Mi heroína se llama Daniela, tiene 5 años y unos grandes ojos castaños que hacen carecer de importancia su ausencia de cabellera. Es elocuente y de una frescura que haría sentir envidia a la primavera. Cuando te mira te lo dice todo, sin encontrar obstáculo en la mascarilla que le cubre la boca.

Visita al hematólogo con la misma frecuencia que yo salvo que mi situación es eventual, hasta dar a luz, y en cambio ella va para seguir dánfora. 

No es un ángel, es una guerrera que está a la altura de las circunstancias a pesar de no alcanzarla para subir solita a la noria. 

Nunca compara la sala de espera con ningún otro lugar, sabe que esa mañana debe estar ahí y hace que esas cinco horas sean las mejores de la semana para todo aquel que la rodea.

De adultos perdemos mucho tiempo pensando en lo bien que estaríamos en cualquier otro lugar mientras trabajamos, esperamos en el banco o hacemos la compra de la semana.

A veces el mejor lugar donde puedes estar es el tuyo porque para llegar al destino hay que recorrer el camino. 

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Yo soy…

La vida tiende a dejarte caer para que tomes tus propias decisiones.

Somos el resultado de nuestros actos; no es el destino ni las casualidades quienes nos forman. Son todas y cada una de las acciones que decidimos llevar a cabo las que nos moldean, nos crean, nos llevan a ser quienes hemos decidido ser. 

El “es que yo soy así” es la más real de las afirmaciones. La única capaz de modificar conductas o producir nuevas es nuestra decisión de cambiar, mejorar o avanzar, aliñada con la fortaleza y la constancia que hayamos sido capaces de cultivar durante años.

Somos ejemplo a imitar o a evitar. Todos somos maestros en saber vivir, nos matiza la enseñanza que hemos sabido extraer de todas las decisiones tomadas durante el camino.

No dejes en mano del destino la preciosa responsabilidad de ser quien eres, de lo que has creado, de aquello que has ofrecido.

Sé capitán de tu destino. 

Teorías tatuadas

La vida tiende a repetirte la lección por si la primera vez te pilló sin lápiz ni papel. 

No caemos una vez, caemos hasta que sentimos la lección como propia y somos nosotros quienes la repetimos.

La vida es una maestra concienzuda, obcecada con su tarea y dispuesta a guiarte a ser quien deseas ser a través de los años. 

La teoría corre por cuenta de nuestros padres. En ellos vemos el ejemplo a seguir, nos ofrecen paciencia, palabras y apoyo porque desean evitarnos equivocaciones, errores, caídas; solo que cuando somos nosotros quienes empezamos a ser ejemplo, se nos exige paciencia y debemos dar apoyo, recordamos que no cogimos notas sobre todo aquello que nuestros padres esperaban inculcarnos. 

Y es ahí cuando aparece ella, la Vida: radiante, fuerte, constante y con una inagotable fuente de recursos para enseñarnos, eso sí, con más dureza, todo aquello que nuestros padres deseaban marcas en nuestra piel sin cicatrices. 

Aunque llegados a este punto, allí donde la vida nos deja marca, elegimos tatuarnos nuestra historia. 

Elecciones del día a día 

Tiende la vida a perder la paciencia con quien tiene confianza. Curioso que la cercanía nos haga ser más irascibles, más volátiles y algo tozudos.

Desconocer interiormente a nuestro oyente nos hace ser flexibles, empáticos y asertivos porque deseamos caer bien, que aprecien nuestra disponibilidad. Queremos impresionar porque ansiamos la aprobación. 

En cambio nos volvemos exigentes, cabezotas e inflexibles en nuestro entorno conocido. Necesitamos que sepan de nuestras necesidades y sean importantes para nuestro interlocutor; olvidamos que hay que dar para recibir achacando a que nos conocen y saben que no actuamos con mala intención, que sólo es nuestro carácter. 

Que equivocados estamos al gastar nuestras mejores sonrisas en dar luz a quien nos desconoce pues no son capaces de valorar el inmenso esfuerzo que a veces hacemos para darles lo mejor de nosotros.

Aprender, del verbo vivir 

La vida tiende a caer por el lado más difícil para que la caída duela, la cicatriz se quede y el retorno te lo ganes.

Todo se aprende a ras del suelo cuando aún no te has dado cuenta de que has caído y buscas a ciegas algo a lo que agarrarte. Pero es así, desaliñada, sudorosa y agotada, como mejor sabe la victoria; no se trata de ganar batallas sino de tener el valor de librarlas a sabiendas que no hay garantía de ganarlas. Que solo se supera aquello a lo que te enfrentas.

Los monstruos se marchan cuando les ofreces cama y cobijo, y un lugar donde esconder sus miedos. Nada acojona más que te acepten libremente, sin condiciones ni objeciones. Abre las puertas a tu temor y aprobecha que ya los conoces para saber donde flaqueas.